Amor millennial: dos psicólogos analizan los conflictos de pareja típicos

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La tecnología está redefiniendo el modelo de la sociedad actual. Cómo las apps transforman nuestra manera de relacionarnos, multiplicando las formas de conectarse pero también creando vínculos menos directos y expresivos.

En tiempos en que las apps muchas veces reemplazan el encuentro directo y la tecnología vuelve más resbaladiza la ‘modernidad líquida’, como definió el sociólogo Zygmunt Bauman, los paradigmas de pareja que sostuvieron a las generaciones previas ya no son necesariamente una meta a alcanzar. Hogares unipersonales, vínculos más variados pero también más frágiles y un abanico de soluciones digitales llevan a cuestionar la forma de relacionarse. Dos psicólogos, Sebastián Girona y Mauricio Strugo reflexionan sobre el paradigma del amor para toda la vida.

¿Cómo se vinculan las nuevas generaciones?

SG: Hace muchos años, la forma de conocerse era sí o sí presencial: en un baile, una reunión, un cumpleaños o un casamiento. Además, solamente podías conocer a personas vinculadas a tus amigos o familia. Eventualmente, en algún curso o trabajo podías llegar a conocer a alguien que no fuera de tu entorno extendido. Hoy cambió drásticamente gracias al avance de la tecnología: podés contactar a personas que jamás conocerías, de tu país o de cualquier parte del mundo, y a partir de eso las posibilidades se amplían profundamente. Ese sería el aspecto positivo de los cambios en la forma de relacionarse. Por otro lado, y en un aspecto negativo, los vínculos que se entablan ahora parecen ser más inestables y frágiles, lo cual va de la mano con la baja tolerancia a la frustración que se vive en esta época.

MS: Las nuevas generaciones son menos protocolares, se relacionan de manera más directa. Un gran cambio es que las mujeres toman más protagonismo en manifestar su deseo o elección. Otra característica de la actualidad es que no hay ningún apuro para las formalidades: para relacionarse afectivamente e incluso tener relaciones sexuales al poco tiempo de conocerse, todo suele ser más espontáneo. Vale aclarar que esto es más frecuente en los adolescentes y hasta los 25 ó 30 años, que en muchos casos se sigue considerando adolescencia tardía.

 

¿La tecnología es un arma de doble filo para la pareja?

SG: Sin lugar a dudas. El mayor riesgo es que la tecnología acerque vínculos lejanos y aleje vínculos cercanos. Así como podemos hablar con un familiar que vive en Italia como si estuviera a dos cuadras de casa, muchas veces se ven parejas cenando en un restaurante y cada uno está mirando su celular. El gran avance que ha tenido la tecnología le exige a las parejas pensar qué lugar le van a dar y cómo van a administrar el tema para que no genere mayores conflictos.

MS: No hay que demonizar a la tecnología: si la utilizamos como recurso, como un medio de comunicación más y no como el único, suma. Entendiendo que detrás de las pantallas se pierden un montón de cosas que son enriquecedoras e irremplazables para el encuentro personal: un buen uso de la tecnología es conciso y al grano para un aviso pero no para conversar, como a veces ocurre. Se puede conocer gente allí: bien utilizado, es un método que puede ayudar a trascender la vergüenza o la timidez, pero en algún momento hay que salir al ruedo, dar la cara, encontrarse y correrse de la protección de la virtualidad.

¿Cuál es el impacto de las redes sociales en la intimidad?

SG: Un gran riesgo de la tecnología es que genere desconexión en la pareja y se empiece a producir un alejamiento emocional que termine en desenganche emocional, que es cuando a uno ya no le interesa lo que le pasa al otro. Además, todos proyectamos en la tecnología nuestros rasgos patológicos —porque todos tenemos algún rasgo patológico sin que llegue a ser una patología—, por lo que especialmente el celular se presta para que se desplieguen rasgos como, por ejemplo, los celos excesivos o la necesidad de controlar al otro.

MS: Sobre todo diría la incomunicación. O una manera de comunicación —a la que pareciera que nos vamos acostumbrando, lamentablemente— donde falta la emocionalidad, que de ninguna manera se puede remplazar con emoticones. Los gestos, la corporalidad, el sonrojarse y las miradas son recursos riquísimos para el encuentro con un otro. La adrenalina que nos trae el encuentro personal y la conquista cuando deseamos a alguien es vertiginoso pero hermoso al mismo tiempo. Experimentar encuentros fuera de nuestras casas implica moverse, ir hacia contextos menos seguros pero más hermosos. Incluso al estar en pareja solemos escudarnos en estos métodos para decir las cosas que nos molestan y las lindas también, evitando mirarnos a los ojos porque quedaríamos muy expuestos y no podemos lidiar con ello.

¿Principales motivos de conflicto en las parejas hoy?

SG: Existe una suerte de top five de las peleas de las parejas. No son las únicas, pero sí las más habituales: la educación de los hijos, la frecuencia en las relaciones sexuales, las tareas de la casa, el manejo del dinero y la relación con la familia de origen.

MS: Tienen que ver con la intolerancia y la dificultad de entender que cada uno es diferente. Es muy frecuente que nos vinculemos con la ilusión de que vamos a cambiar al otro, como si fuera un experimento de ciencia, y no estamos dispuestos a ceder ni un poco nuestra manera para construir el nosotros. La intolerancia hace que no tengamos paciencia y, ante las crisis, directamente optemos por separarnos. Pero, ¿cuánto estamos dispuestos a pelear por el vínculo —sobre todo si hay hijos de por medio— antes de tomar esa decisión? Otra situación frecuente de conflicto tiene que ver con la distribución de las tareas, porque aunque hay mayor igualdad y derechos que en épocas anteriores sigue sucediendo que siempre en las parejas alguno de los dos toma el peso principalmente de la crianza y el otro de lo económico, sin posibilidad de funcionar en equipo.

¿Es más difícil establecer vínculos profundos en una sociedad acelerada?

SG: Sí, desde ya que es más difícil. Hay muchos estímulos que antes no existían que atentan contra la construcción de una relación que pretenda ser sana. Estos estímulos muchas veces hacen que se piense más en vos y yo, no tanto en nosotros.

MS: No creo que sea así. Quizás con tanta velocidad y cosas a las que atender nos cueste generar conexiones más genuinas, pero a veces sucede que cuando tomamos conciencia de nuestras necesidades podemos encontrarnos con otros más genuinamente, con todos nuestros recursos: son esos encuentros en los que no queremos que pase el tiempo, en los que somos los últimos en salir de ese bar o restaurante. Para ello sí es verdad que hay que hacer el esfuerzo de salir al mundo, de levantar la mirada y de dejarnos mirar… Pero se puede. Y de allí surgen las parejas que rompen con la estadística desalentadora de que cada vez menos personas apuestan a vínculos duraderos.

¿El amor para toda la vida es viable?

SG: Creo que el amor para toda la vida siempre fue un objetivo que implicaba expectativas poco realistas. Es cierto que antes parecía ser más posible, pero también es cierto que muchas parejas permanecían juntas porque no tenían la opción de separarse. Hoy es más real la separación. A veces tengo la sensación de que nos hemos ido al otro extremo y, a partir de esto, muchas relaciones se terminan demasiado rápido. Quizás estemos asistiendo a un tiempo en el cual el ser humano busca la mejor forma de estar en pareja teniendo en cuenta que la que conocimos hasta el momento ha tenido muchas fallas. En ese sentido, las nuevas formas de pareja —como los matrimonios que viven en casas diferentes— quizás buscan encontrar una forma más sustentable de seguir estando juntos.

MS: Creo que las religiones han contribuido de manera muy neurótica con la idea de ‘hasta que la muerte nos separe’, condicionando los vínculos porque así se lo habían prometido, con todo el sufrimiento que eso conlleva. En el otro polo está que hoy en día pareciera ser todo demasiado efímero. Todos, cuando armamos un vínculo y nos sentimos a gusto, empezamos a proyectar futuro: queremos encontrar a esa persona para compartir proyectos para todo la vida, o al menos por algún tiempo. El amor es un trabajo cotidiano, de esfuerzo y, a veces, de tolerancia: no nos podemos ir sin importar todo lo construido pero, al mismo tiempo, tenemos que alimentar el fueguito de la relación todos los días porque sino se apaga. Si tenemos presente esto, quizás el amor sea para toda la vida, pero como algo elegido y no como una obligación moral.

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